viernes, 13 de febrero de 2015

OSCAR GRIERA, EL BIGOTE MELÓMANO


Foto: Óscar Fernández Orengo

OSCAR GRIERA, auxiliar de producción, localizador


Oscar Griera es capaz de vestir de negro y llevar chupa de cuero en pleno verano y que nadie crea que es una pose. A eso se le llama transmitir veracidad. O andar pensando en otras cosas.
Y es que Oscar Griera tiene ideas propias. Las expresa con modestia, como si no estuviera del todo convencido, pero en realidad es que prefiere no añadir más ruido a la hoguera de la vanidad imperante. Quizás por eso, cuando dice algo te lo crees a pies juntillas.
Le conocí en el Grado de Comunicación Cultural de la Universidad de Girona, donde él estudiaba y yo iba disfrazado de profesor. Oscar realizó un cortometraje documental sobre la ausencia de su padre, sus huellas y recuerdos perdidos en S-8, que me gustó mucho. De hecho, incluso antes de ver sus trabajos, Oscar ya llamaba la atención entre los estudiantes. Parecía más centrado. Más sereno y maduro y concentrado. Ya veis lo eficaz que puede llegar a ser un buen bigote. Y si el dueño del bigote encima tiene la costumbre de leer libros, el resultado es imponente.
Oscar escribe y publica algunas de esas ideas propias que tiene en revistas como Instant, en las que de vez en cuando da rienda suelta a su vocación por la crítica cultural, el cine, las series. Es, en fin, comunicador cultural, melómano y lector empedernido. 
Comprendo que alguien que no haya estado nunca en un rodaje pueda preguntarse qué diablos hace un auxiliar de producción. Y cuando ese alguien descubra que se trata de un trabajo ingrato, que consiste, entre otras cosas, en llevar un pinganillo muchas horas escuchando órdenes contradictorias, conducir arriba y abajo, cortar calles, pedir a los pobres viandantes que no crucen cuando lo único que quieren es volver cuanto antes a sus casas o poder caerse muertos en el hospital de guardia, desplazar envases de comida y bebida a fin de preservar las constantes vitales del equipo... podría comprendar que ese alguien que nunca haya estado en un rodaje se pregunte: ¿y para ese curro hace falta un hombre como Griera, enamorado de "Viridiana", "La  jetée", Lynch, Cassavetes y la ciencia ficción de los cincuenta, un oyente que se emociona The Caretaker?
La respuesta no sirve solo para el cine. Y es que, puestos a pasar la vida, lo mejor es intentar rodearse de gente con talento y buen gusto. Y en los rodajes pasamos mucho mucho mucho tiempo juntos y apelotonados. 
Oscar Griera os cuenta su versión de los hechos:

¿Por qué pensaste que valía la pena en "Murieron..." de modo cooperativo?
Bien, veamos... ¿en qué podía yo cooperar, tal y como me propuso Isaki en su momento, si aquí, el menda, no tenía dinero ni talento? Esas dudas quedaron despejadas el día en que me vi en la Estación de Sants, en Barcelona, esperando a Emma Suárez para llevarla, junto a su hija (una niña nórdica de aspecto angelical), hasta la casa de Albert Pla y su familia donde ellas se quedaban unos días para que "la pareja" preparara sus respectivos papeles en "Murieron..." Por favor, si hasta me las llevé a comer y acabamos en un chino de la Meridiana. ¿No es eso maravilloso? 
Pues bien, eso sólo podía hacerlo yo; ¿y sabéis por qué? pues porque mi padre que en paz descanse estuvo, en vida, enamorado hasta las trancas platónicas de la maravillosa Emma Suarez.
Foto: Óscar Fernández Orengo


¿Cuál fue para ti el momento más memorable del rodaje?
Solo estuve haciendo labores de producción en la primera etapa de rodaje pero, de entre todas las escenas y localizaciones, hubo una que sin duda contenía suficientes atractivos como para quedarse prendado (al menos, yo). 
Se trata de la escena de la piscina, la que rodamos una mañana asquerosamente calurosa en una finca privada cerca de la Facultat de Lletres de la UdG. En esa escena, en la que un travelling recorría y captaba a buena parte de los figurantes hasta llegar a Albert y Emma, uno de esos figurantes era, ni más ni menos, Àngel Quintana. Àngel Quintana fue profe mío en Història del Cinema; verlo a él, fuera de su "papel" para adoptar este otro "papel": el de un freakazo incapaz de soltar un libro ni en un hermoso día de piscina junto a su mujer e hijas (también figurantes), con esas sandalias de guiri alemán encima de unos calcetines de color mierda de oca, el bañador y esa panza tan suya... vamos, memorable es poco.

 En la piscina Àngel Quintana leía a Céline en francés. Y se trata de un documento histórico, 
porque Àngel adelgazó ¡La panza ya no existe! ¡¡Gràcies Àngel!!



¿Cuál es tu escena favorita de la película?
Una vez más, estamos en lo mismo: tan solo puedo hablar a propósito de la primera parte del rodaje, aunque me pregunto si habrá habido otra tan "extraña" como la que cuento aquí. Era precisamente el último día de rodaje de esa primera etapa. Habíamos quedado en la piscina de BCN donde en su momento (1992 y las malditas olimpiadas, que por cierto me perdí por estar haciendo la mili) se hicieron los saltos olímpicos. La cosa iba para largo, pero había que tener muy en cuenta que a partir de las 6, más o menos, empezaría a clarear y, en consecuencia, a dejar la noche atrás; vamos, que se nos echaba el día encima. 
Finalmente, y a pesar de las dificultades, salió bien (es curioso, pero siempre sale, todo se hace...) y esa pareja que tan bien encaja que son Jordi Viches y Bruno Bergonzini (¡si es que hasta parecen hermanos!) pudieron acabar con éxito y a tiempo, que era lo más importante, la delirante escena que se produce en los trampolines de las Picornell de Barcelona. Fue como terminar esa primera fase de rodaje con una especie de catarsis colectiva al ver que se había logrado sin el atropello de los primeros rayos de sol.
La vuelta a Girona, sin dormir, ya es otro cantar. ABRAZOS A TODO QUISQUI MUY SENTIDOS.





Puestos a contar toda la verdad: sí se nos hizo de día
y el director de foto Diego Dussuel tuvo que hacer 
virguerías con los focos. Nos salvó in extremis.
Fotos: Oscar Fernández Orengo

 SEC 48. TRAMPOLINES PICORNELL. EXT/N 

JORDI i PITI llegan en moto a una alambrada. JORDI aparca la moto junto a la verja y a modo de anfitrión sonriente invita a PITI a saltar la valla. Le ayuda a subir.
PITI se queda sorprendido al darse cuenta de dónde están: son unas piscinas olímpicas con grandes trampolines. 

JORDI:
Ven.

El PITI le sigue, con cierta desconfianza.
JORDI empieza a subir por las escaleras del trampolín. Se ayudan mutuamente, acostumbrados a estar siempre pendientes el uno del otro.
Al llegar a la parte más alta, el Piti se refrena, instintivamente.


JORDI:
(Ilusionado) Que vengas, joder...

PITI:
(Asustado por él, no por Jordi) ¿Y nuestro vértigo?



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